Casa Paterna

Casa paterna

 

Guardo en la memoria la casa de mi abuela paterna.

En la calle estrecha que desemboca en la playa.

Allí estaba, plantada en piedra gris y áspera,

Con muro bajo y un pequeño portón de fierro que

Llevaba a una entrada exigua y piso empedrado.

Delante se erguía alta la fachada, protegiendo la casa de las miradas curiosas. No se veían puertas ni ventanas, sólo la pared de piedra gris, escondiendo todo.

Un pasillo oscuro que abría el paso hacia el interior de la casa desembocaba en la barandilla, donde la abuela recibía gente los domingos en su mecedora:

-Bendiciones, abuela

-Bendiciones, hija

En el fondo se desvelaba el misterio: un jardín de tonos verdes y flores multicolores que la tía plantaba recogiendo plantones en la calle.

En el jardín: aguacate, granado, romero y la albahaca que condimentaba el filete y que todavía me hace volver a la infancia por la memoria gustativa; mi «madeleine»

También estaba el niño Vanderlei, un recuerdo de los tiempos del campo de donde salieron la abuela y sus hijos para triunfar en la ciudad.

La casa cerquita de la playa, me imagino, fue el primer encanto.

Allí terminó de crecer la familia. Las reuniones de domingo, la llegada de los nietos, las fiestas de fin de año, los muebles antiguos, los estudiantes de medicina colegas de mis tíos, que venían de fuera a vivir en la pensión de la abuela y estudiar.

Luego vino el adiós de los más viejos, la casa transformada en reliquia, el abandono, la inmobiliaria, el edificio de mármol y vidrio mate, subiendo pretensioso…

… y quedó apenas el nombre de mi abuela en le tras grandes y doradas en la entrada alfombrada del edificio en la calle angosta que desemboca en la playa.

Traducción: Ney Fernandes

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